Entrevista Sin tu amor


"Mi nivel de exposición es grande"
Emblema de los 80, actúa en la tira "Costumbres argentinas". Y sigue con la música: el lunes sale "Sin tu amor", su disco número 15. En una charla a fondo, habla de lo que simboliza y del lugar donde la ubican.

Antes de empezar a hablar, Sandra ofrece un té en una taza con motivos de Boca. "¿No te molesta?", pregunta. Y cuenta: "Se la capturé a mi vieja, de un juego que le habían regalado". La "vieja" no sólo estará presente en la charla. También en un par de fotos blanco y negro, sobre un mueble del living de la casa de Saavedra. En una de esas fotos, la entonces Mónica Mihanovich le da un beso en la mejilla a su hija adolescente. La otra es una imagen familiar: Mónica Cahen D'Anvers muy joven con Iván Mihanovich (el padre de Sandra), tíos y abuelos. Su padre está presente también como autor de un cuadro abstracto colgado en la pared.

Sobre un teclado Yamaha que Sandra no toca, hay copas ganadas por sus discos y una planta en una maceta que le dio "hijos" que ella plantó en el jardín donde reinan sus tres perras: las labradoras Pancha, Cousy y Sophie.

A los 46 años y después de un intervalo de tres, Sandra Mihanovich está lanzando su disco número quince, Sin tu amor. Desde la tapa, con una mano agarrando un mechón de pelo y la otra una tijera a punto de cortarlo, desafía. "Sin tu amor —explica— pero ojo al piojo, a lo mejor me volví loca pero sigo adelante. Ese es el estado de ánimo del disco", que incluye un solo tema compuesto por ella, Qué va a ser de mí. "Yo siempre fui intérprete y puse energía en eso. La búsqueda de una canción es como la búsqueda del tesoro. Es una tarea que hago constantemente", explica. "Lo de no mostrar lo que yo componía pasaba por una cuestión de pudor. Me siento mucho más expuesta cuando canto una canción que yo hice". Dice, como excusándose por una timidez que se sabe, pero además se adivina.

Tuviste un gran nivel de exposición, sobre todo en los 80.

Mi nivel de exposición siempre fue grande, empezando por el hecho de ser la hija de Mónica. Creo que ya arranqué expuesta. Pero en realidad soy de perfil bajo. No voy a cocktails, soy más bien casera, estoy con los perros, la chimenea, me voy al campo. Lo que pasa es que circunstancias hicieron que me metiera en camisas de once varas, de las cuales no me arrepiento quizás, pero a mí siempre me gustó que la exposición tuviera que ver con el trabajo. Es inevitable que la vida de uno salga y mucho más si uno tiene una diferencia con el resto de la gente. O si uno quiere esconder algo, chau, fuiste. Yo nunca traté de esconder nada, pero la imagen que se tenía de mí es la de una mina que iba al choque. No sé si genero desilusiones terribles pero siento que esas cosas me pasaron casi a pesar de mí. Viste cuando sentís "qué pasó, qué hice". Como cuando metés la pata. Si bien sirvió para sacarme un enorme peso de encima. Porque, eso sí: soy una mina frontal. No me gusta caretear. Tampoco quise ser un adalid de nada, ni una abanderada.

En la época de Sandra y Celeste te convertiste en una abanderada.

Sí, al final de los 80, principios de los 90. Pero fue a pesar mío. Creo que lo que más me hacía rechazar todo eso era que cobrara más peso mi vida privada y mis vínculos que mi laburo.
Pero se mezcló con canciones como Puerto Pollensa, Soy lo que soy, Mujer contra mujer...
Sin duda. Lo de Puerto Pollensa se asoció, pero es una canción como cualquier otra. Con Soy lo que soy sentí que yo tenía ganas de cantar eso y que todos teníamos ganas, y si tuvo el éxito que tuvo —y fue uno de los éxitos más grandes de mi carrera—, no fue porque estuviera identificado con un segmento de la sociedad, sino que era 1984, acabábamos de tener un presidente democrático por primera vez, y hasta el día de hoy esa canción la canto en cualquier contexto y todo el mundo la canta conmigo. En fiestas de country con toda la familia reunida, en un bar. Ese soy lo que soy valía para todos: Soy gorda, alta, petisa, gay, varón, mujer, negro, judío. Soy. Bancátela o no. Era lo que se sentía en esos años.

Otro escenario. Micrófono en mano, Juan Alberto Badía presenta a "una cantante que hace años no aparecía en televisión. Con nosotros: ¡Victoria Miguens!". A su lado está Cecilia Laratro. Entonces Sandra Mihanovich canta Sin tu amor. No es un error, ni el túnel del tiempo. Es el capítulo del martes pasado de Costumbres argentinas. "Esta semana está saliendo un disco nuevo", anuncia Victoria-Sandra. "Eso no estaba en el guión, yo lo agregué", dice Sandra, como un chico que hizo una travesura. Es que el tema de Lerner suena en la tira de Telefé, en la voz de Sandra. "Fue una idea del productor, Pablo Cullel, ponerla como el tema romántico, y quiso que la cantara yo, que iba a formar parte del elenco".

"Me piden autógrafos chicos de 12 años. La tira generó una curiosidad —comenta

Sandra—: alguien que es referente de los padres llama la atención de los hijos".

Hacía años que a Sandra no se la veía en televisión. Su última vez fue como Alejandra Muñoz en Vulnerables, en 1999. "Cuando me llamó Suar, dije: Tengo que aceptar. Fue un desafío maravilloso", dice, y confiesa que actuar siempre la hizo sufrir: "Sentía que para que fuera creíble tenía que pasarme a mí". En cambio, la timidez y los miedos desaparecen a la hora de cantar. No podría ser de otro modo para la primera mujer que llenó Obras. Aunque el coraje le viene desde que era chica y esperaba ansiosa los shows familiares, o a los 19, cuando empezó cantando en inglés.

Y en su equipo de música, como si abriera ostras para descubrir sus perlas, Sandra pasa desde una vieja grabación de You've got a friend hasta su versión de Yesterday en un recital en Los Angeles en febrero. O una rareza como Aprés un Rève, de Faure, en La memoria del tiempo, un disco de Lito Vitale donde músicos populares interpretan temas clásicos. Ahí, Sandra deja entrar a Pancha, la labradora que ladra como pidiendo escuchar.

Fuente Gabriela Saidon - Clarin

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