Sandra Mihanovich - Gesell


En la tapa de su último disco, Sin tu amor, Sandra Mihanovich sostiene un mechón de pelo entre las hojas de una tijera, a la altura del cuello, y mira decidida al frente. Pero no se lo cortó. A los 46 años, con una larga cabellera enrulada, la cantante de Puerto Pollensa y Soy lo que soy, actriz eventual y fumadora ladrona (“no compro cigarrillos”, contó) se define como una mujer sencilla que viaja en subte y conoce a sus vecinos. Y relaciona a Villa Gesell con ese ambiente familiar. La hija de Mónica Cahen D´Anvers recordó cuando era una joven que iba a toda velocidad y dijo que los argentinos pasamos de ser “malcriados e ingenuos” a entender que “no tenemos que buscar más un papá”.

–¿Por qué te pusieron Sandra?
–No tengo la menor idea. Es un nombre que me resulta bastante feo, aunque no me imagino llamarme de otra manera ni tengo segundo nombre. Viene de Alejandra y, como todos los nombres rusos o de esa región, pega con Mihanovich, que es un apellido yugoslavo. Mi hermano se llama Iván –aunque le dicen Vane-, como mi papá.

–¿Cuándo conociste Gesell?
–No me acuerdo, pero fui a cantar, al Atlas o al Ocean. Mis veranos de chica transcurrieron en el campo (que Mónica y César Mascetti tienen en San Pedro). Conocí el mar a los catorce, en Miramar. Y aunque sé nadar, me da cagazo. No curtí mucha playa ni fogones ni vida de camping. Pero siempre sentí que en Gesell había un ambiente muy familiar. Obviamente comí mis hamburguesas en Carlitos, paseé por la 3, compré artesanías y fui al autocine. Una vez llevé en mi auto al periodista Osvaldo Quiroga, de Gesell a Mar del Plata. Fuimos charlando de música. Después escribió un artículo: parece que fui a los santos pedos y estaba asustadísimo.

–¿Manejabas rápido?
–Cuando uno tiene veintipico quiere llegar rápido a todas partes. No es que canchereara ni corriera carreras, pero tenía ese acelere. El primer verano que me contrataron para cantar, en el 77, fui a Miramar. Tenía un Fitito prestado y con esa libertad de poder ir a cualquier parte era muy feliz. Estaba con mi hermano y no era muy conocida, aunque ya había grabado la publicidad de Jockey Club, que tuvo bastante éxito.

–¿Te acordás la canción?
–Claro. (Canta) Quisiera saber cómo estás, mi amor, desde aquí deseo estar muy pronto junto a vos, falta poco tiempo para llegar a ese día que nos volverá a juntar. Era una canción, no un jingle. La propaganda la filmó Luis Puenzo y salía en los cines. Julio Chávez era un chico que estaba de viaje en Brasil y la novia le mandaba una encomienda con los Jockey y un cassette. Él iba en un taxi, un Volkswagen amarillo, y le pedía al chofer que lo ponga. La tapa del single (que vendió 15.000 copias en dos meses) era una foto de la filmación. Yo tenía unos afiches en mi Fitito. En una eterna curva de la ruta, pasé un camión: al final me esperaban los canas. Terminé firmando los afiches.

–¿Te daba pudor que te reconozcan?
–Como crecí siendo la hija de Mónica, los demás me relojeaban como si fuera rara. Lo sentía como un gaje del oficio. Era tímida e introvertida, pero aprendí a concentrarme en lo mío y no mirar porque me iba a encontrar con la mirada de los otros. En la primera etapa de mi carrera hice miles de notas con mi mamá. Hasta que me saturé y dije basta. Cuando la prensa encuentra algo atractivo, que vende, te bombardea, y la presión es fuerte. Después tuve buena relación, no me peleé demasiado.

–¿Mirabas Telenoche?
–A veces. Era el noticiero más sobrio, el que uno mira tranquilo. Tenía una dosis de credibilidad dada por César y Mónica, aunque cuando la miro, veo a mi vieja. Pero es una muy buena comunicadora y nunca la indujeron a tirar mierda ni a elogiar algo. Esa conducta es la que todos necesitamos reconocer en los otros y en uno mismo. Igual, me engancha más Al pan, pan (TN), donde es más ella. En Telenoche no hacía lo mismo que cuando empezó, que estaba en la calle, yirando por todas partes, descubriendo la vida.

–¿Le aconsejaste que deje el programa?
–No. Ahora va a hacer un programa de actualidad, una vez por semana, y lo va a disfrutar más. Aunque tendría ganas de quedarse guardada en su casa, me parece bárbaro que aporte otras miradas. En Telenoche ya cumplió con todas las etapas y durante más de treinta años significó una esclavitud.

–¿Ser cantante tiene algo de esclavitud?
–Ser como Luis Miguel o Ricky Martin es una esclavitud tremenda. No los envidio. Yo ando por la calle tranquila, la gente me saluda y les contesto, viajo en subte: me gusta la libertad de ser una persona común.

–Alguna vez dijiste que querías ser una estrella internacional como Barbra Streisand.
–Hasta el día de hoy la admiro, es una de las mejores cantantes del mundo y una mujer muy talentosa en todo lo que hizo. Pero no me siento una estrella ni quiero serlo. Ser como Susana Giménez o Mirtha Legrand es un laburo de 24 horas y yo no estoy dispuesta. Me encanta ganarme la vida cantando y que a la gente le guste lo que hago.

–¿Qué te gusta de ser actriz?
–Es un desafío. Hice las primeras cosas en televisión y cine en los 80. Mi mentor fue Alejandro Doria: si él creía que podía hacer algo, me entregaba. Pero la pasé mal, porque sentía que para que se me creyera tenía que sufrir. Después lo dejé completamente. En el 96, un grupo de chicos me propuso hacer comedias musicales para niños con canciones de María Elena Walsh y me enganché. Aprendí a jugar a ser otra persona y divertirme. Hacer un personaje es como cantar una canción aunque no la hayas vivido.

–¿Vas a seguir actuando?
–Si me proponen algo que me guste, lo haría. Pero no tengo proyectos. No creo que se piense en mí a la hora de armar un elenco, salvo por algo específico como pasó en Costumbres Argentinas, que transcurría en los 80, la música jugaba un rol importante y querían una chica que cantara.
–Podés vivir sin actuar.
–Sí. En cambio, si no canto me muero. Cantar es como respirar. Lo necesito.

–¿Costumbres te hizo repasar los 80?
–Sí. Como en la serie cantaba canciones viejas, encontré antiguos playbacks. Me sorprendió lo bien que sonaban, aún grabados de manera sencilla. Era una época en la que hacíamos música de forma muy natural, sin tanto artificio. La producción tomó vedetismo a partir de los 90, cuando se empezó a hablar de quién producía y cómo sonaba esto o aquello. Antes todo pasaba por las canciones y por tocarlas. Hoy, desde la producción se pueden inventar cosas.

–¿Cómo definirías aquella época?
–Tuvo dos etapas: antes y después del 82, cuando todo se volvió efervescente. Se sentía fuerte la necesidad del cambio político. Queríamos salir de ese jardín de infantes donde vivíamos con una mentalidad cerrada: esto se hace y esto no, esto se dice y esto no, esto se puede ver y esto no. Queríamos sacarnos de encima la censura y las limitaciones de todo tipo. Por eso todos se sintieron identificados con Soy lo que soy, una canción de una comedia musical que grabó Gloria Gaynor como tema disco y yo imité. Tuve la suerte de que la versión de ella no fuera tan difundida en la Argentina y la hice popular yo. No tenía un significado de una minoría sino amplio, como la canción de Thalía, A quién le importa?, salvando las miles de distancias. Reflejaba un estado de todos y lo viví con mucha felicidad y emoción. Voté por primera vez en el 83 y tenía muchas esperanzas de que todo cambiara para mejor.

–¿Se cumplieron tus ilusiones?
–Con el tiempo me di cuenta de que los cambios sí se producen, pero llevan mucho tiempo. Y no son nominales, no es una cuestión enumerativa. Para que un cambio ocurra primero tiene que haber una mentalidad distinta. Después de veinte años de democracia, recién estamos digiriendo la necesidad de los cambios y la forma de cambiar. Antes éramos muy ingenuos y malcriados. A partir de la debacle, el final de la Alianza, sentí la necesidad de investigar cómo puede ser que hagamos tantas cagadas, que nos equivoquemos tanto. Porque para mí no sirve echar culpas, decir “los políticos son todos corruptos y siniestros”: son parte de la sociedad como cualquier otro grupo, y depende de todos que se produzca ese cambio de mentalidad.

–¿Cómo llegaste a esa conclusión?
–Me puse a leer libros de historia. A fines del 2002 compré veinte libros y se los regalé a mis amigos. Leí Un país de novela, de Marcos Aguinis, que tiene una visión muy global de los argentinos en relación a nuestro desarrollo histórico y la expresa con mucha claridad. Lo que nos pasa no es casual. No nos cagaron los de afuera ni nos cagamos nosotros, es una suma de cosas. Los procesos históricos tienen un tiempo de desarrollo. Yo creo que nuestra mentalidad cambió: no queremos más transformaciones en la superficie sino que sean profundas, reales. Nuestros grandes fantasmas adquirieron su importancia relativa. Por ejemplo, la inflación: veníamos de treinta, cuarenta años en los que nuestro dinero cambiaba de valor permanentemente y no podíamos planificar nada, entonces la estabilidad económica era un ítem a lograr. No sé si se logró, pero ya no es el eje de todos los males.

–¿Cuál es el desafío ahora?
–Ahora tenemos que buscar soluciones más reales que tengan que ver con todos. A lo mejor soy muy optimista. Todavía tenemos muchos vicios. La cosa paternalista del siglo XX nos jodío mucho: la sociedad estaba regida por un puñado de gente, los que tenían mucho dinero, que cuidaba el país como si fuera su estancia. Eso nos hizo daño, como el paternalismo de los militares o el populismo de las agrupaciones políticas. Ahora entendimos que no tenemos que buscar un papá. Parece una pavada, pero es básico y fundamental. Yo le puedo echar la culpa de lo que me pasa a mi papá cuando tengo dos años, pero no cuando tengo cuarenta. Es lo que pasa con la Argentina: lo que suceda ahora depende de cada uno de nosotros.

–¿Cómo recibió el público a Costumbres?
La tira tuvo la particularidad de contar con un elenco enorme, con una parte de adultos y otra de adolescentes: eso convocó a un público de adultos que se copaban con los guiños a los 80, y otro de chicos, que les preguntaban a los padres, y a mí por mail, en qué disco estaba Sin tu amor -el leit motiv romántico- como si fuera una canción vieja. Fue un tema bastante mágico.

–¿Cómo surgió?
–Cuando me convocaron, en diciembre del 2002, Pablo Culel, el productor, estaba charlando con Alejandro Lerner, que hizo la cortina. Entonces escuchó la canción de un recital de Alejandro y le propuso que la cante yo. Ale y yo somos de los 80, y si bien esa canción es nueva, podría ser de los 80.

–¿Pensás en alguien cuando la cantás?
–No, sólo en las imágenes que evoca, que enumeran los agujeros que uno tiene en ese estado. Otras canciones, como Todo me recuerda a ti, se refieren más a una presencia, o a una ausencia. Esta describe cuán vacíos y solos estamos cuando no tenemos amor.

–¿Vos estás con o sin amor?
–Estoy bien. Soy una persona bastante pareja, mi vínculo con la gente que amo es estable y no tengo demasiados altibajos. Me agarran ataques de inseguridad, pero son más míos que de la relación con los otros. Ahora estoy en una etapa linda. Hace cuatro años que vivo en una casa en Villa Urquiza con un jardín, tres perras labrador y un grupo familiar de amigos, porque uno arma una familia con los amigos, más allá de la original, que siempre está.

–¿Tus perros son tus hijos?
–Un poco, sí, porque son muy dependientes, no sólo necesitan que les des de comer sino también franela, presencia, que juegue con ellos. Cuando me voy de viaje los extraño mucho. Por suerte, mi vecina tiene un hijo perrero, que viene a casa a cuidarlos. Me gusta vivir en un barrio, conocer a los vecinos y saludarlos, porque no estás aislado como cuando vivís en un departamento, rodeado de asfalto. En un barrio se genera otra relación, y lo mejor que te puede pasar es conocerse, darse bola y ayudarse.

–En diciembre hubo una ola de asaltos en el barrio. ¿Tuviste miedo?
–No, me siento segurísima. Por ahí soy medio inconsciente, pero creo que si te tiene que pasar, te va a pasar. Los vecinos le pagamos a un policía que está a la noche, pero la corriente de comunicación entre todos es aún más importante. No vivo como los que están encerrados en un barrio privado, que me parece un círculo vicioso. Tampoco tengo una forma de vida ostentosa


Nota de Martin Mazzini

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